El problema no es necesitar ayuda... sino tratar de dejar de necesitarla.
Eso es lo que he ido aprendiendo poco a poco.
Aún recuerdo aquellos tiempos en que trataba de ser implacable, que nada me hiciera daño nunca más. Cada día más rígida, y, paradójicamente, más necesitada. Cada vez necesitaba más ayuda, cada vez necesitaba tan solo... un abrazo.
Aquella niña vulnerable se llenaba de rigideces porque no sabía cómo... no sabía cómo pedir ayuda.... cómo pedir tan solo... tan solo un abrazo.
Ahora puedo entenderte, puedo entender lo que pensabas. Lágrimas recorren mis mejillas. Mis ojos se abren a verte, verte completamente y sin juicios. Y es que... no pudiste ser de otra manera.
Pequeña, todo lo que hiciste estuvo bien, por el mero hecho, de que eso era todo lo posible para ti. Hiciste las cosas lo mejor que pudiste.
Algunas veces caíste en el engaño de que hacías cosas mal, de que te equivocabas... ese caer, en el eterno pensamiento del "debería".... "hubiese".... "por qué".... "y si fuera"
Culpabilizaciones, castigos y autoengaños, arrepentimientos... ¿De qué?
¿Sabes de qué te arrepientes?
De algo que fue hecho de cierta manera, y que... si hubiera sido hecho de otra manera, habría -de facto- sido hecho de otra manera.
¿Por qué te arrepientes?
¿Por qué sigues encogiendo tus hombros? Derramando lágrimas de un pasado que parece no tener sentido... que parece tener piezas sin encajar....
Sólo te puedo decir... que nada de eso hubiera sido hecho como fue, si no hubiera pasado como pasó.
No tiene sentido seguir dándole vueltas a ello, pero tampoco lo tiene el hecho de castigarte a ti misma si llegaras a hacer eso mismo.
Abre tu corazón a estas palabras, y por favor, que nunca se te olviden.
Estás aquí porque lo mereces:







No hay comentarios:
Publicar un comentario